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Rey de los escombros

Soy el desecho tóxico del grupo que mola de mi clase. La pieza defectuosa. Lo sé yo, lo sabe la junta directiva del patio y lo sabe la base de datos de mi familia, que tiene el dinero justo para la hipoteca y el pan blanco integral. En la escala trófica del colegio existe un orden perfecto. Dos grupos de empollones: once unidades en total. Tres automarginados: fantasmas flotando en la periferia. Chicas: ruido de fondo, frecuencia no sintonizada. Y luego nosotros. Los que nos autodenominamos que molamos. Si durante el recreo jugamos al fútbol, hay un orden de selección. Primero los capitanes. Luego los veloces. Luego los empollones con coordinación motora. Al final, en el montón de chatarra, estoy yo. El penúltimo lugar es mi zona de confort. Nadie me pega. Nadie me mira. Soy invisible, y la invisibilidad es una póliza de seguro de vida. Todo el sistema funcionaba con engranajes bien engrasados. Hasta que llegó la anomalía. Se llama Sergio. Lleva una piel de vaca muerta sobre los hombros que huele a tabaco rancio y a trenes nocturnos. Camina despacio. Muy despacio. Como si el aire alrededor de sus pulmones pesara el doble que el tuyo. Se sienta en la última fila. Junto a la ventana. Saca un cuaderno. Pegatinas de bandas de música que no existen en la radio convencional. Música para cortarse las venas o quemar contenedores. Clase de educación física. Vuelta a jugar al fútbol. El suelo de cemento refleja el sol como un espejo de dentista. El líder de mi grupo tiene la primera opción de compra. Ve a Sergio. Ve la piel de vaca desgastada. Piensa en el prestigio del clan si en vez de apartar al nuevo se congracia con él. —Ese. Sergio no sonríe. Se ata los cordones con la calma de un verdugo. Entra al campo. Durante el juego encuentra la pelota tras varios intentos. Tres toques. Cuatro toques. El balón describe un arco perfecto, humilla a la gravedad y se clava en la escuadra. Cero esfuerzo. Absoluta crueldad. En diez minutos, el mercado bursátil del patio se colapsa. Los empollones empiezan a tomar notas mentales. El grupo que mola rodea a Sergio como perros hambrientos buscando a un nuevo dueño. Yo me quedo atrás. Junto a las mochilas. El recogepelotas. El mozo de equipaje. Sergio me señala con la barbilla. Un gesto seco. Cortante. —¿Este no juega? El líder se ríe. Una risa falsa, nerviosa. —Es un paquete. Sergio no se ríe. Abre un paquete de chicles. Lanza uno al aire. Parabólica perfecta. Lo atrapo de milagro. Siento la goma sintética en mi palma. Siento el peso del soborno. —A partir de mañana tú y yo jugamos a las cartas —dice Sergio. No mira al grupo. Me mira a mí—. El fútbol es para nenes. Bienvenido al nuevo orden mundial. Las cartas es un juego para abuelas y enfermos en convalecencia. Pero si lo hace Sergio sobre los escalones de hormigón del gimnasio, parece un rito de iniciación ilegal. Día uno: dos personas. Día tres: dos tipos de mi antiguo grupo se sientan al lado, mendigando atención. Día cinco: un empollón se acerca atraído por la probabilidad estadística de la baraja. El patio se contamina. Las fronteras de casta se disuelven. La gente empieza a mezclarse como sustancias químicas incompatibles en un tubo de ensayo. Y en el centro de la reacción estoy yo. No porque haya aprendido a volar, sino porque el tipo de la chaqueta de cuero ha decidido que soy su lugarteniente. Cada vez que alguien habla, Sergio me mira. Busca mi confirmación. Yo pongo cara de póquer y trago saliva. El caos absoluto llega el martes a última hora. Luz fluorescente parpadeando sobre nuestras cabezas. El zumbido de los tubos de neón destruyendo nuestras neuronas. Elección de delegado de clase. El procedimiento estándar dura dos minutos. El empollón alfa levanta la mano. El resto la levantamos en forma de voto por inercia. Proceso burocrático terminado. Volvamos a nuestras vidas miserables. Pero Sergio se repantiga en la silla. —Yo propongo a este. Su dedo me apunta directamente al pecho. Un disparo de francotirador. El profesor se detiene. La tiza cruje contra la pizarra. Bajada de gafas. Mirada de entomólogo observando un insecto no catalogado. —¿A él? El empollón alfa baja la mano lentamente. Mi antiguo grupo me mira como si me hubiera vuelto un agente doble de la CIA. —Conoce a todos —dice Sergio con voz plana, monótona, irrefutable—. No tiene problemas con nadie. Es el único que no va a barrer para su casa. La lógica es destructiva. No me propone por ser el mejor. Me propone por ser la nada absoluta. El punto cero del termómetro. El suelo suizo de la neutralidad. Silencio. Votación. Levantan la mano los empollones. Levantan la mano los chicos del grupo que mola. Un automarginado levanta un dedo sucio desde la esquina más oscura del aula. Mayoría absoluta. Me han nombrado rey de los escombros. En la puerta de salida, el aire de la calle huele a libertad contaminada. Me acerco a Sergio. El estómago se me tuerce como un trapo húmedo. —¿Por qué coño has hecho eso? No tengo ni idea de ser delegado. Sergio tiene entre sus manos la baraja gastada. La hace crujir entre las manos. Un chasquido seco. Como la fractura de un hueso limpio. —El colegio se acaba este año —me dice sin pestañear—. Si sigues dejando que los demás decidan en qué esquina del patio tienes que pudrirte, cuando salgas ahí fuera te van a poner siempre en la fila de la picadora de carne.

September 09, 2026

Gimnasio público

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