Hay tíos en el gimnasio que son pura arquitectura inútil. Fachadas de músculo hinchado a base de batidos y vanidad. Pero de vez en cuando aparece uno que no encaja en el molde comercial. Ni el más alto, ni el más grande, ni el del culo perfecto. Solo un equilibrio biológico casi violento: carne magra, hombros moldeados a base de repeticiones sin descanso, la espalda en su sitio y la tripa plana, el tipo de abdominales que solo ves cuando el tío se limpia el sudor con el dobladillo de la camiseta. La anatomía exacta.
El gimnasio es una ruina pública. Un templo de hierro viejo y humedad rancia. Los espejos cubren las paredes como un sistema de vigilancia low-cost que te permite rastrear al personal sin llamar la atención. Robos de mirada entre repetición y repetición. Rebotando en el cristal.
Rubio no venía a vender nada. No venía a hacer amigos, ni a acaparar máquinas, ni a soltar parrafadas en mitad del pasillo como si estuviera en la plaza del pueblo. Entraba, ejecutaba la rutina y se largaba. La gente que no pierde el tiempo te cae bien automáticamente.
Una vez nos cruzamos en el supermercado. Entre los cereales y los detergentes. Mismo chispazo de reconocimiento que en los espejos, pero sin diálogo. Ninguno de los dos rompió el protocolo. Nunca nos habíamos dicho una palabra, ni para pedir un par de mancuernas. Seguimos llenando la cesta. Dos desconocidos compartiendo el mismo aire.
La rutina continuó semanas. Yo mirando a través del reflejo el estiramiento de sus bíceps, el grosor de su cuello bajo la barra, el esfuerzo ciego de sus muslos contra la prensa. Nunca se quitaba la camiseta. Siempre llevaba la toalla colgada.
Para sobrevivir al entrenamiento te metes cafeína o químicos. Yo me metí una bebida energética industrial. Basura diurética. A mitad de la sesión, la vejiga me exigió una tregua.
Bajé al vestuario. En el fondo, el abismo de las cabinas. El primer váter tenía una cinta roja cruzada: fuera de servicio. El segundo estaba libre. Entré. Puerta abierta, por supuesto. Nadie quiere tocar el pomo mugriento de un baño público y, de todos modos, estás de espaldas. Privacidad mínima.
Entonces irrumpió la sombra.
—Hostia, tío. Déjame mear que me meo encima.
Sin pedir permiso. Sin preámbulos. Rubio se metió en mi metro cuadrado de cabina, se sacó la polla y empezó a soltar lastre.
Yo no sabía ni qué voz tenía. Estaba concentrado en no rociar el azulejo, así que lo primero que registré fue su miembro sumándose a la jugada. Dos chorros chocando en la misma porcelana. Miré de reojo hacia arriba: era él, mirando fijamente hacia abajo, igual que yo.
—Joder —solté—, qué buen rabo.
Ni un pestañeo. Cero drama. Rubio siguió a lo suyo mientras mi cuerpo interpretaba la invasión a su manera.
—La tuya se ha puesto contenta —dijo. Su voz sonaba plana, como si leyera las instrucciones de un electrodoméstico.
—No me esperaba esto. Ni a nadie aquí dentro, ni ver una cosa así de golpe.
Cruzamos miradas. Para él, mear en pareja parecía un trámite rutinario del gimnasio. Yo ya me la estaba calentando con la mano. Él terminó y se dio un par de sacudidas.
—¿Puedo? —dije, estirando la mano.
Rubio apartó la suya. Cedió el control. Le agarré el tramo. Caliente, denso, cargado de sangre por el ejercicio. Empecé a darle fricción. Una gota de pis le quedó en la punta y me manchó la palma; me dio igual, seguí bombeando. La carne respondió al instante, poniéndose como una piedra.
—Uff...
Le acerqué la cara. Incliné la cabeza, reuní saliva y le solté un escupitajo torpe directo al glande. Restregué el fluido con la palma para engrasar el mecanismo.
—Ahh... —gruñó.
Eché más saliva. Froté la base. Me agaché en el suelo frío y me lo metí entero en la boca.
—Joder...
Me agarró la cabeza. Sin violencia, solo marcando el tope. Presionó hacia su pubis. Abrí la garganta y me lo tragué entero. El glande chocando contra el fondo de mi cuello, mis labios aplastados contra su vello púbico. Me retiré un segundo para no ahogarme, dejando una hebra de saliva uniendo su punta con mi boca, cogí aire y volví a bajar hasta el fondo.
—Me voy a correr ya...
Asentí desde abajo, sin soltar la presa.
Aceleró el ritmo. Cinco segundos después tenía un chorro hirviendo golpeándome el paladar. Respiré por la nariz, aguantando la embestida sin desengancharme. Cuando la boca no dio para más volumen entre la polla y el semen, me fui retirando despacio, rebañando el resto con los labios. Escupí el exceso al retrete y volví a pasarle la lengua por el glande para limpiar la trinchera.
—Joder... Joder... —soltó con un par de espasmos antes de sacársela del todo.
Escupí la última tanda y me puse de pie.
—Qué bueno, tío —dijo.
Empecé a pajearme para rematar la faena. Iba a ser rápido. Rubio se quedó allí de pie, con la polla fuera, mirando la escena con esa parálisis del que no sabe si tirar de la cadena o pedir otra ronda.
Me corrí en la porcelana. Rubio dio un paso, me agarró la polla todavía hipersensible y me dio un par de pasadas secas. Miraba mi carne, no mi cara.
—Me molaría que me follaras otro día —le dije.
Asintió. Soltó el agarre. Se guardó la polla en el pantalón.
—Estaría bien.
Salió de la cabina y desapareció por el pasillo del vestuario.
Me quedé solo en el hedor a humedad. El entrenamiento había terminado. Solo me quedó una espina clavada: no haberle levantado la camiseta para tocarle los pectorales hinchados de sudor.